Alfredo López Pérez

Profesor – Colegio Salesianos
Santander - Cantabria
España







Prólogo II

Javi, te conocí por primera vez, y ya hace veinte años, pedaleando juntos en bicicleta por las carreteras de Cantabria. Ha pasado demasiado tiempo y he comprobado, durante los siete meses que te he dedicado a la corrección del libro, que sigues siendo el mismo: “El fiel amigo” con quien compartí pedaladas, esfuerzos, fatigas y palabras, sin buscar victorias ni recompensas. Sólo había un objetivo común en cada recta, curva o puerto, el de una amistad duradera.

Y aquí estoy, de nuevo, para dedicarte, con cariño y humildad, unas sencillas líneas de crítica, juicio, alabanza y opinión. Nunca escribo por encargo; siempre que lo hago es por una necesidad interior en la que encuentro una satisfacción personal. Esta vez me lo has pedido tú y procedo muy gustoso, pero con el alma encogida ya que debo hablar de ti y del contenido de tu obra.

Se trata, para mí, de un relato vivo, cercano y dinámico. Un trabajo muy exhaustivo. Un documento histórico literario, gráfico y humano; plagado de vivencias, hecho con emoción y que transciende lo material. Has dejado fluir al pensamiento y los sentimientos te han desbordado, a pesar de los años sucedidos desde la infancia. Los afectos, albergados dentro de ti, golpean sin descanso y hacen latir con fuerza tu corazón.

Hablas de Don Pedro, el cura de Cudón, como un hombre vitalista, especial, tal vez excepcional. Lo describes a modo de persona humilde, amable,comprensiva y humanista, que dejó un legado espiritual y una profunda huella en todos cuantos le conocisteis y tratasteis. Tú y el párroco fuisteis testigos de una época muy sombría, aunque también de un maravilloso despertar a la libertad.

Mencionas a tus amigos, a tu pueblo y sus gentes, citas la diáspora de algunas familias, incluida la tuya. Has revivido tu niñez pasando por una apasionada juventud, hasta llegar a la madurez y, con enorme pasión, desde una desbordante riqueza interior, narras tu vida y la de quienes te acompañaron y vivieron a tu lado durante unos cuantos lustros, dejando fiel testimonio de este tiempo pasado y felizmente transcurrido.

Con esta renovada admiración por Cudón y su gente, no habrá un solo ascendiente de la localidad y su contorno que no se vea reflejado en alguno de los densos nueve capítulos que componen el libro. Tus paisanos se sentirán identificados y orgullosos con los relatos, pareceres y opiniones de tan sentida y lúcida narración.

Te lo has guardado todo para ti, durante décadas, y ahora lo has vivido, sentido y escrito para ellos, con exaltación y desbordante ilusión. Hacerlo ha sido un aliciente y te ha servido de estímulo y terapia ante un infortunio familiar. No olvidaré nunca aquella fatídica noche de invierno, de este año, cuando estábamos corrigiendo uno de los capítulos, en la que te llamaron para comunicarte la triste desaparición de tu primogénito.

A veces la vida golpea con fuerza, yo diría que sin piedad alguna, poniendo a prueba la fortaleza y las creencias de las personas. La tragedia de tu hijo, con el consiguiente drama personal, la has superado con fe y entereza; lo has sabido aceptar con humildad, sin rebelarte contra nada ni nadie.

Esta extensa narración, en parte, ha dado sentido a tu existir; a tu pasado y presente, y puede que también al futuro, pues quizá este título sea la antesala de otros y yo, quien sabe, pueda dedicarte otro prólogo más alegre, pero igual de sencillo y sincero.

Has vuelto atrás, has retrocedido en el tiempo, deteniendo las agujas del reloj. Has hecho mil y un viajes a través de innumerables evocaciones que se agolpaban en tu memoria. Has recordado, revivido y mencionado todo cuanto te aconteció a ti y a los que te rodearon.

Escribir este libro ha sido como una singladura allende los mares, en un periplo muy particular; una larga travesía por un océano de recuerdos e ilusiones alojados en tu prodigiosa retentiva. Zarpaste sin miedo y te hiciste a la mar sin dudar, en ningún momento, de lo que querías y ansiabas. Notaste un fuerte oleaje en forma de vaivenes, idas y venidas,dudas, tristezas y desilusiones. Llamaste con alegría amuchas puertas; en algunas te abrieron, pero pronto las volvieron a cerrar. En otras, ni siquiera eso.

Las promesas se olvidaron y las palabras se las llevó el viento. Solicitaste ayudas y subvenciones que nunca llegaron. Tú mismo has costeado los 500 ejemplares de esta primera edición. Todos debemos reconocer la decisión que has tenido que tomar. Sigo con unas metáforas porque sé que son de tu gusto y agrado: En la cubierta de tu nave una fresca brisa acarició la piel de tu rostro; respirando profundamente, buscaste un lejano horizonte más halagüeño.

Tan sólo por un instante zozobró tu ánimo como la nave que encalla, quedando varada junto a la costa; pero al igual que la embarcación vuelve a flote, también tú saliste adelante y supiste recuperar el aliento para seguir caminando. Todo ello gracias a la convicción y perseverancia que te han caracterizado desde siempre, y con la inestimable ayuda de los tuyos, de los amigos y de tus gentes. Recobraste de nuevo la ilusión y navegaste, una vez más, poniendo proa a tierra firme, hasta llegar al día de hoy.

Por fin has tocado puerto después de un largo y fatigoso viaje, consiguiendo hacer realidad un deseo... un sueño, al convertir todo un bagaje de ricas experiencias en una prosa fluida y llana, con bonitas palabras y bellos sentimientos. Un viejo anhelo plasmado en este primer libro tuyo: “El Cura de Cudón”, fruto de una parte muy importante de tu vida, del pueblo y la de su gente.

Has logrado lo que tanto deseabas. Lo tienes ante ti; disfrútalo, te lo mereces. Contémplalo, ábrelo, léelo y acarícialo con la mirada. Pasa las hojas con tus temblorosos dedos y saborea intensamente el principio y fin de tu viejo y ansiado proyecto. Siéntete feliz y goza con él y de él.

Ya puedes sonreír y llorar, lo mismo que hacen esas madres que traen en su vientre un hijo a este mundo, a veces cruel, y lo cogen por primera vez, apretándole contra su pecho para darle amor y calor. Haz tú igual con este libro; ponlo entre tus brazos y rodéalo con las manos; cierra los ojos, en esos mágicos instantes, y estréchalo contra ti como si fuera el hijo que el destino te arrebató en plena juventud.

Javi, aparta la pena y vive la vida. Sigue recordando y escribiendo, merece la pena.

Cudón 3 de Agosto de 2010

Alfredo López Pérez

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